La señorita Douffman abría impacientemente sus regalos. En la chimenea serpenteaba un brillo cálido. Aquel paquete era azul, de un azul delicado y límpido. El bulto, ligero, se presentaba flexible al tacto. Cercenó el hato de papel y fijó su mirada en el título de aquel libro. ¿Por qué tú no tienes pito? Avezada buscó la mirada inmutable de su madre y un mohín líquido ensombreció su rostro orondo. La señora Douffman reconoció entonces su tortura personal. Aquella criaturita le obligaría a comportarse de una forma indecorosa para su estatus. Por primera vez en su vida frunció el ceño desconcertada y dijo. -Léelo, te vendrá bien.
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La señorita Douffman abría impacientemente sus regalos. En la chimenea serpenteaba un brillo cálido. Aquel paquete era azul, de un azul delicado y límpido. El bulto, ligero, se presentaba flexible al tacto. Cercenó el hato de papel y fijó su mirada en el título de aquel libro. ¿Por qué tú no tienes pito? Avezada buscó la mirada inmutable de su madre y un mohín líquido ensombreció su rostro orondo. La señora Douffman reconoció entonces su tortura personal. Aquella criaturita le obligaría a comportarse de una forma indecorosa para su estatus. Por primera vez en su vida frunció el ceño desconcertada y dijo.
-Léelo, te vendrá bien.
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